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Revista Salvador

Una salteña en buenos bares: “El Canadiense”

Un día cualquiera del 2017, Mike Scrimshaw dejó el frío de Toronto para mudarse a Buenos Aires con la idea de instalar su “bar preferido” un tanto más al sur de su original canadiense. Así, Palermo sumó a su colección un nuevo bar: un bar foráneo.

Por S.F.

Equivocada o no me gusta creer con vehemencia casi fundamentalista que todo habitante de la tierra ha fantaseado alguna vez con huir a un lugar lejano. Más aún; está “científicamente” comprobado que muchos han ido al quiosco a comprar puchos y jamás han vuelto… Mi fantasía es más hollywoodense. No se trata solamente de irme a vivir a otro país, sino fundamentalmente de la osada ambición de cambiarme hasta el nombre.

Sospecho que, al fin de cuentas, irme lejos es vivirme de cerca. Por consiguiente, en el exilio seré Solange Assmore; mi personaje bastardo. ¿De dónde viene este impulso a dejar “todo” y empezar de nuevo? Claro está que nunca es todo; pero podríamos afirmar que algo se quiebra, y comienza así la aventura de hacer con los restos un ser nuevo, o la versión mejorada de algo.

A veces, es menos extraordinario el asunto y simplemente se trata de expandirse y volar a nuevos horizontes… A fin de cuentas nadie sabe, entonces, se arriesga. Un día cualquiera del 2017, Mike Scrimshaw dejó el frío de Toronto para mudarse a Buenos Aires con la idea de instalar su “bar preferido” un tanto más al sur de su original canadiense. Así, Palermo sumó a su colección un nuevo bar: un bar foráneo. Hoy, 416 Snack Bar.

Conocí este bar hace unos meses y amé desde entonces sus snacks. Un snack es, en mi universo mental, una especie de objeto pequeño y hermoso que además se come. Definición que aplica también a la famosa golosina Smack que me convidaba mi abuela cuando iba visitarla.

Pero volviendo al punto que me convoca, si a un “snack” le sumamos un cocktail no menos delicioso nos estamos acercando al paraíso. Y por si esto fuera poco, ellos – los snacks, claro está – son presentados en unos pequeños platos de porcelana pintada que alborotan el romanticismo femenino y nos acercan al arte rococó. Esta propuesta me divierte básicamente porque sale de la serie en el agitado barrio palermitano.

En efecto, se trata de un bar tranquilo, para reunirse con amigos, con una estética relajada y “cero careta” donde la madera es protagonista y recrea, junto con algunas velas, un espacio cálido. Su barra es rectangular y sus bartenders – ubicados en el centro de la misma – brindan una atención exquisitamente amable.

Allí encontrarán a Virgilio, que aprendió algo de su talento coctelero en Londres. Junto con sus cocktails, 416 Snack Bar, ofrece una muy buena selección de vinos, cervezas artesanales y alguna que otra sidra. Al llegar, apenas una se ubica en la barra, hay un vaso de agua esperando limpiar el paladar a fin de dar comienzo a la ceremonia de los snacks, que celebran la diversidad gastronómica e invitan a experimentar con sabores extranjeros.

Mis preferidos son: Reuben sándwich (un brisket ahumado clásico, estilo deli con churcrut, aderezo ruso y queso gruyere); Pork belly steamed bun (pan al vapor estilo taiwanés con pork belly o verduras con aderezo de hoisin, berro, jengibre y pickle de apio) y Korean fried chicken (pequeños bocados de pollo frito o coliflor coreano con salsa picante `gochujang´). Este último, altamente picoso.

Una vez al mes se lleva a cabo el llamado pop up; esto es: el agregado de nuevos snacks a la carta original provenientes de un bar invitado. Al carácter exótico de sus snacks se le suman tragos a 27 la altura de las circunstancias como Bloody Flip, una versión ligera de un Bloody Mary con gin, tomate, tabasco, salsa inglesa, tamarindo, sal, pimienta, limón y naranja; Shamrock Smash, frugal y de una sutileza con un dejo volátil, con jameson, manzana, pepino, menta y limón; Amelia Earhart para chicas fuertes e intensas, con gin, luxardo marrasquino, jugo de limón y agua de rosas; alguna que otra propuesta otoñal para aliviar la garganta que se sirve tibia como Hot Toddy, con jameson, limón, miel y especias al modo de un “tecito sanador”; y por qué no una reversión del clásico Negroni llamado That Negroni con gin, campari y punt e mes. No cobran cubiertos, da ta zo. Y su música oscila entre New Order, Moby, No Doubt, Blondie y algo de hip hop. Los sábados, un dj acompaña esta placentera travesía. Vayan, disfruten, degusten…

Hasta la próxima.

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