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Revista Salvador

¡Que te quiero verde, sierra ardiente!

Esa mañana de principios de octubre en Villa Carlos Paz parecía ser la misma, la de todos los años: fría con sus últimas heladas. A media cuadra de casa, el chañar explotaba de flores amarillas. A medida que pasaban las horas, el calmo escenario se vio alterado por ruidos de avionetas hidrantes y la televisión que empezó a mostrar esas imágenes temidas: la del fuego. Grandes columnas de humo gris se adueñaron del cielo a medida que era arrasada parte de los últimos “montes” cordobeses.

Por Emanuel César Fuentes

Adscripto de la Cátedra de Botánica Sistemática Agrícola y de la Cátedra de Plantas Vasculares, IRNyMA, UNSa. Voluntario de la Administración de Parques Nacionales.

El fuego no es ajeno a los ojos y oídos locales. Si bien, naturalmente, es un elemento que moldea a los ecosistemas serranos, la intensidad y periodicidad no es tan propio de esa naturaleza. Año tras año, las sierras arden: según el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SMNF) se han quemado unas 300 mil hectáreas en Córdoba en lo que va del 2020, arribando a una cifra record en comparación con años anteriores, que hace innegable el “ecocidio” que sufre nuestra provincia.

La ciudadanía, a través de las redes, pero también de las organizaciones ambientalistas, sitúan las principales causas de esta desgracia en dos fenómenos: el desarrollo inmobiliario y el llamado “agronegocio”. El primero, responde a aquellos emprendimientos que expanden la urbanización, transformando el suelo rural y natural en suelo urbano; en definitiva, la casa con pileta, con vista a la sierras, lejos del ruido de la gran urbe. El segundo, no es más que el corrimiento de la frontera agrícola, mayormente de la soja. Algunos no descartan la idea de la quema “controlada” que aporta nutrientes en pos de una mejora de los suelos, otro mito recurrente.

En cualquier caso, el gobierno provincial, en la figura del gobernador Schiaretti, no aparece ni tampoco hace declaraciones, como si se tratara sólo de pirómanos que se escabullen de la escena del crimen. Es así que entre los loteos serranos y puentes que traviesan lagos enteros, los cordobeses parecemos jugar con la idea del desarrollo. Pero hay males que solo se curan con el observar, entender y aprender. La provincia de Córdoba ha visto el retroceso de sus bosques nativos desde posturas muy cómodas, apañadas por la constante anestesia de un “cordobesismo” embriagador. Curiosamente, desde los ámbitos de gobierno, la problemática ambiental que los incendios vienen evidenciando queda enmascarada solo como una emergencia agropecuaria.

Como dice la doctora en sociología, Maristella Svampa, la clase política y los poderes económicos adolecen de un analfabetismo ambiental, enfermedad que se puede extender a amplios sectores de nuestra sociedad. Esto calza justo en una provincia en la que queda menos del 3% del bosque nativo de las 12 millones de hectáreas que existían a principios del siglo XX.

El analfabetismo ambiental es el que nos lleva a creer que un churcal es monte cordobés, que lo que arde son solo pastizales. Nos olvidamos de los quebrachales, algarrobales, palmares de palma caranday y hasta de los bosques de alturas como son los tabaquillos, relictos protegidos en el Parque Nacional Quebrada del Condorito. Queda en evidencia que los cordobeses hemos perdido aquellos saberes que hacen a la biodiversidad, esa biodiversidad que se quema, esa que, según el biólogo cordobés Raúl Montenegro, debería estar plasmada en mapas.

Pero a su vez, se podría afirmar que el analfabetismo también es paisajístico e histórico, puesto que las serranías han sido los escenarios de extensos períodos de la historia local. Precisamente, se está asistiendo a la destrucción de un patrimonio territorial. Fernando Díaz Terreno, doctor en urbanismo, sostiene que “el paisaje es un producto social, resultado de una transformación colectiva de la naturaleza, pero también de la proyección cultural de una sociedad en un determinado espacio.” Han quedado grabadas en nuestras retinas una de las imágenes más impresionantes que ha dado vuelta en las redes: la estancia jesuítica La Candelaria rodeada de fuego, ese conjunto arquitectónico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que casi arde como sí efectivamente ocurrió con algunas propiedades vecinas del mismo valle. Hay por detrás una enorme pérdida de identidad colectiva, anclada en el trabajo y en los modos de vida de pobladores de antaño.

Incluso, la Academia pareciera no estar siempre a la altura de las circunstancias. Según Patricia Pintos, licenciada en geografía y magíster en políticas urbanas, existe una imperante necesidad de que la producción de conocimiento esté comprometida con la acción política y que, en ese sentido, urge debatir en las universidades una praxis formativa, basada en el interés común y no en el beneficio particular.

En otro sentido, aún persisten nociones eurocentristas que definen la manera de operar, percibir y disfrutar nuestros paisajes. En Córdoba, un caso paradigmático es La Cumbrecita, la “aldea alemana” caracterizada por sus pinares y otras clases de especies exóticas que garantizan un “verdor anual” pero que, en definitiva, amenazan y desplazan los ecosistemas nativos. Incluso, en este proceso, el fuego constituye un gran aliado puesto que favorece su desarrollo. Esta imagen de paisajes “perfectos” cotiza en viveros y es la que sostienen muchos paisajistas aquí y en otras partes, como en las Selvas de Yungas en el NOA.

Ahora bien. Frente a este conjunto de problemáticas, aparecen soluciones mágicas como las famosas bombas de arcilla con semillas o la importación de arbustos y árboles desde Misiones, cuando Córdoba es una provincia que cuenta con más de mil especies vegetales. La bomba de arcilla es una tecnología desarrollada en Japón para contrarrestar la invasión de paquetes tecnológicos, ofrecidos por Estados Unidos. Es el resultado de la mezcla de arcilla o limo, con semillas de hortalizas o pasturas, más algún aditivo como un fungicida o un potenciador hormonal. Para nuestros ambientes, esta técnica no cuenta con avales precisos en resultados y estadísticas que demuestren la viabilidad de la tasa de germinación de las semillas en leñosas (plantas con un tronco definido, como puede llegar a ser un árbol), entre otros factores, debido a nuestras condiciones climáticas (en su contexto de origen es clave el aporte de humedad por precipitaciones estivales). En los ecosistemas de Córdoba se estima que las semillas y frutos son dispersados en gran medida por aves y pequeños mamíferos, además de otros mecanismos de dispersión tales como el agua o el viento. Las aves ofrecen un servicio ambiental gratuito, dispersando y escarificando las semillas en sus tractos digestivos. Esta acción pareciera obstaculizarse en semillas alojadas en bombas de arcilla o que hayan perdido su envoltura carnosa (fruto), principal atractivo para las aves. Mientras que la incorporación de especies vegetales de otras  regiones es una metodología que se evita en estos procesos. Se debe tener en cuenta que los ejemplares introducidos no contarían con las adaptaciones genéticas a la zona de destino, siendo un desgaste económico y energético innecesario para estos tiempos inestables.

Pero las bombas no caen solas y no se sabe bien de qué avión van a ser arrojadas. Lo que sí se sabe es que vienen acompañas con el eslogan de “restauración”. Esta rama de las ciencias que ha adquirido relevancia de la mano de ecólogos. Pero, ¿qué significa? Básicamente, la restauración ecológica consiste en subsanar un medio físico antropizado, es decir, impactado por una acción humana. En el tema que nos ocupa, un ejemplo sería una porción de monte arrasado por el fuego a ser restaurada con el fin de restituirle sus cualidades iniciales.

La restauración de un ambiente puede ser pasiva, en la que el monte sale adelante por su propia capacidad de autoregeneración. O puede ser activa, en donde hombres y mujeres con sus conocimientos hacen todo lo posible para colaborar en la recuperación de una condición inicial. Este proceso requiere de tiempo de observación y aprendizaje, de prueba y error, más que de recetas como la bomba de semillas.

No todo está perdido. Estamos a tiempo de integrar los bosques, las cuencas y sus ecosistemas a nuestra realidad, que claro está no son ajenos a la ciudad. En este antropoceno, las miradas abarcativas y la integración de conocimientos pueden contribuir a erradicar esta clase de analfabetismo al que hacía antes referencia. Se trata de una nueva cultura del territorio, donde la conciencia y la educación ambiental, los recursos legales como la Ley de Presupuestos Mínimos, la Ley de Bosques o las protecciones del suelo que inhiben los cambios de uso después de un incendio, entre muchos otros, confluyan en un conjunto de instrumentos en pos de un ordenamiento integral del territorio.

Fuente consultadas

Charla Debate. “Urbanizaciones, bienes comunes ambientales y riesgo en el territorio cordobés”, organizada por Más Gestión – agrupación de docentes de la FAUD-UNC.Invitados: Mg. Lic. Geog. Patricia Pintos; Mg. Ing Ag. Gustavo Re; Arq. Enrique Moiso; y Arq Lucía Castellano. Córdoba, 12-10-2020.

https://youtube.com/channel/UClhi3ZTHzDhsEnsxVoBsnoQ

Díaz Terreno, Fernando. “Córdoba: ¡paren de quemar!”, en Café de las ciudades, año 19, Número 190, Buenos Aires, octubre de 2012.

https://cafedelasciudades.com.ar/sitio/contenidos/ver/372/cordoba-paren-de-quemar.html?fbclid=IwAR26Hs9nSd60m8XpN9-dDrV1C7maESkLbXlVRyNcg3c1lWQwiCTuJzTpXPk

Montenegro, Raul. “Carta abierta. Córdoba, donde desaparece la biodiversidad que ni siquiera conocemos”, en Indymedia Argentina, 14/10/2020.

Svampa, Maristella. “Hay un extendido analfabetismo ambiental en la élite económica y la clase política”, en La Tinta, periodismo hasta mancharse, entrevista 9/10/2020, Córdoba. https://latinta.com.ar/2020/10/analfabetismo-ambiental-economica/