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Revista Salvador

“No es lo mismo la soledad cuando yo quiero, a cuando me la imponen”

Comencé la  cuarentena como lo hicimos todos, o creo que todos;  asustado, sintiendo que fue impuesta y sobre todo, sin saber qué es lo que iba a ocurrir después.

Guillermo Aragón Acuña

No puedo mentir, tuve miedo de contagiarme y sobretodo de contagiar a mi madre. Sin embargo algo que me preocupaba, y que fue algo que con muchos otros compartíamos, era el fantasma de los saqueos, que siempre está latente,  muchas veces creados por grupos contrarios al gobierno de turno. Esto se potenciaba, cuando íbamos  al supermercado y veíamos largas colas para poder ingresar. La idea de escasez de alimentos estaba presente.

Y aun cuando hubiera mercadería, ¿por qué nuestro presidente nos garantizaba que no habría desabastecimiento?, ¿cómo lo compraría si no tendría ingreso? Los que medianamente tenían la situación más tranquila eran los empleados en relación de dependencia, su única temor era que los despidieran, pero mientras eso no ocurriera, estaba todo bien. En cambio, los que se encuentra en negro o son monotributistas, ¿de dónde sacarían el dinero, si no trabajaban?

A medida que pasaban los días, empecé a reencontrarme, a reconocerme. Muchas veces me divertí con esto de la resiliencia, de la introspección; pero sin querer, sin buscarlo, lo fui realizando. Tenía mucho tiempo, y mucho tiempo solo, en algún momento tenía que suceder. No siempre se puede evadir el bulto. ¿Asusta? Claro que sí, porque tenemos una idea de nosotros, una idea de lo genial que nos vemos, que nos sentimos , y obvio, que nos mentimos ; pero sirve cuando estamos apabullados por la vorágine del día a día.

Silencio. Más silencio. Mucho más silencio, y tiempo. Mucho tiempo

Y es ahí, aun cuando el espejo de nuestra autoconciencia nos muestra la realidad, cuando nos baja y nos hace tocar tierra.

Y de repente, surge la duda y el deseo  de saber que hay más allá, que es lo que realmente quiero. No es una práctica de todos los días esto de pensar en nosotros, porque estamos sumidos a la rutina que nos marca como un metrónomo lo que  debemos hacer. No nos dice si eso es lo que queremos, o si lo que estamos haciendo nos da placer, o si con quienes  nos encontramos estamos plenos, si ya encontramos nuestra panacea, nuestro Disneyworld, nuestra cacharpaya.

Qué difícil es responder sinceramente: ¿Soy feliz? ¿Acá quiero estar? ¿Qué quiero ser dentro de 10 años, 5 años, a fin de año, o mañana? ¿Qué espero de mí? ¿Esto que soy es lo que esperaba?

Obvio, que cuando intentas responder, minan nuestros pensamientos, porque no sabemos que queremos de nosotros. Somos como una hoja en un charco que se deja llevar de un lado al otro por la voluntad del viento, o cualquier otro factor exógeno

¿Dónde voy? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy yo? ¿Qué hora es? ¿Dónde estaré?

Estamos tan acostumbrados a estar pendiente de lo que el otro opina sobre nosotros, de brindarle al otro lo que espera, que no nos queda tiempo para pensar en nosotros mismos, porque queremos que el otro nos crea; nos da entidad,  y no es así. La sociedad y los mandatos sociales y familiares, nos inculca ser “políticamente correctos”, y aun cuando uno se crea irónico, trata de no incomodar.

Me sorprendió, mientras consultaba a varias personas, para poder armar este artículo, que me dijeran que les encanta ser solitarios, que aman esta reclusión, leer, ver series y películas, de hacer gimnasia, de aprender nuevas cosas, que no extrañamos la vida de antes, porque disfrutan de este tiempo que es solo para ellos. Pero no se trata de un par de horas, o de un fin de semana, son semanas, meses, y de una forma u otra, seguían  buscando que el otro les dé un LIKE, porque compartían todas estos disfrutes en sus redes, es como un pseudo Síndrome de Estocolmo.

En lo personal nunca logré estar completamente solo, porque mi teléfono sonaba y suena constantemente, además estoy con mi madre, y soy el que sale a hacer las compras y a pagar todo. De una forma u otra, siempre estuve en contacto con los demás “solos”. Si había que disfrutar de esta soledad, no logré hacerlo al 100%, y creo que nadie. Lo que sí, extrañaba es poder verme con quienes yo quería verme, y hasta jugar estratégicamente con quien o quienes no verme.

Me uní a muy pocas reuniones por Zoom, pero no es lo mismo, no me divierte una “fogata con amigos por Zoom”, es como el sexo virtual, a la larga es aburrido, pura ficción, es como quedarte con ganas de… Para ser exacto, es como ir a un asado, mirar toda la comida en la parrilla, darte la vuelta, oler una lechuga y eructar de lleno. No es real, no nos engañemos. Todos queremos el contacto con el otro, tocar, abrazar, compartir, reír y llorar pero no con delay. No creo que nadie haya estado 100% feliz con esta reclusión.

No es lo mismo la soledad cuando yo quiero, a cuando me la imponen, porque nos falta la Libertad, esa condición que solo la creemos ausente solo si vamos preso por cometer un delito. Ojo, no estoy en desacuerdo, era y es necesario, pero no me gusta.

Esta pandemia nos quitó la careta a todos y todas. A gobernantes, a oposición, a la Economía, a los amigos y a las familias. Quizás nos hagamos los distraídos, pero en esta pandemia descubrimos realmente a quienes le interesamos, y quienes son una historia una noche ebrio en un boliche con música a todo volumen, puro chamuyo, “puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro”.

El Covid 19 nos mostró como los placeres cotidianos se pueden arrebatar de un momento a otro, y que por mucha plata que tengas, no podaras hacer mucho, porque no podrás curar, salvar vidas o estar con quien o quienes queres  estar. Fue, como un tráiler de lo que se viene luego que muramos. Nos vamos con lo puesto

La Pandemia nos mostró quienes son fuerte, quienes débiles, quienes son nuestras prioridades, que nos tenemos que preocupar primero por uno, para luego si ayudar al otro.

Hoy luego de más de tres meses de cuarentena, solo quiero ser feliz, y compartirlo con aquellos a los que quiero. Quiero hacer las cosas me gustan. Amar y ser amado. No quiero cumplir lo que el otro espera de mí, pero yo no, no me hace feliz. .

No sé si este virus fue una bofetada, o un gurú, o simplemente luz, me mostró aquellas cosas que no quiero hacer ni ser, seguiré viendo que quiero, eso seguro.