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Revista Salvador

Escribir la Nueva Historia de Salta

Cuando allá por diciembre del año pasado se leían las primeras noticias sobre un virus que brotaba en una provincia de China cuyo nombre ni siquiera valía la pena retener, nadie estaba en condiciones de sospechar que pronto estaría aislado en su casa, sumando un barbijo a sus enseres personales diarios… cuando no internado o inexistente ya.

Por Ernesto Bisclegia

Así, de pronto los salteños estaban envueltos en una pandemia mundial corriendo los mismos riesgos que otro sudamericano, un europeo, un africano o cualquier oriental. El COVID-19 había logrado una globalización que ni MacLuhan habría podido imaginar. Más que “Aldea Global” el orbe se había convertido en un hospicio universal.

Pero más allá de las condiciones socio-temporales que alteró la pandemia existe un hecho indubitable, que esta crisis sanitaria terminó con la historia tal como se conocía hasta hace noventa días atrás. Y aunque no se lo perciba en la piel no pocas cosas han mutado y tantas otras han dejado de existir, literalmente.

Entonces ¿qué hacer frente a un cambio de época tan violento? La primera actitud será la “darwuiniana” adaptación a las nuevas circunstancias y la supervivencia de los más aptos para mantenerse y crecer en medio del caos. Esta realidad la experimentan quienes de golpe han perdido sus trabajos, sus viviendas o han visto tan modificadas sus condiciones de vida que no han sobrevivido al impacto. Porque podrán ser relativamente pocos los muertos por el COVID-19, pero muchos más serán los que deje tendidos la pospandemia. ¿”Daño colateral”?

Pero el hombre no es un ser solitario sino gregario y como bien señalaba Aristóteles, “fuera de la sociedad sólo viven los dioses o las bestias”. Esta consideración ingresa a la sociedad en la cuestión de la política como alma de la sociedad. Todo es política y la gestión de la misma es una de las cosas que ha cambiado… aunque muchos dirigentes no alcancen a darse cuenta.

Esto provocará evidentemente una “selección natural” de dirigentes, avanzarán los que adviertan que la política requiere un cambio de mentalidad y aquellos que medraron al amparo de las roscas y arreglos primitivos irán siendo expulsados del sistema, porque lo que viene requiere de ideas y no de burócratas.

En todo caso los burócratas caerán de categoría y serán alojados en el sector de los operarios –no operadores- porque el gerenciamiento de la política se hará todavía más elitista.

El caso de la provincia de Salta se ofrece como un escenario paradigmático dada su historia y su posición geopolítica estratégica. Esta situación en el mapa hizo siempre de Salta un centro de atracción de vida comercial y cultural, ya desde los tiempos precolombinos. Posición que adquirió una categoría superior durante el Virreinato como “puerto seco” entre el Alto Perú y el Puerto de Buenos Aires.

En los tiempos de la Organización nacional, Salta fue cabecera de la Región, debiéndole todavía la historia una reparación histórica por los esfuerzos de sus antepasados que dieron almas y vidas en pos de consolidar la Independencia. Claro, no “Fondos de Reparación Históricos”, que es aún una entelequia de la cual no se conoce destino ni final.

Es decir que a la Salta de la pospandemia le quedará el reto de continuar siendo esa plaza central, líder  en la Región (una posición que habrá que reconquistar luego de la debacle de la pasada década), con un espacio topográfico que trenza caminos y los distribuye en todas las latitudes generando vías de hermandad y comercio.

Le queda el reto de continuar siendo cuna de cultura, de folclore y tradición, con orgullo gaucho y santiguada resignación milagrera, factores que sellan el talante del salteño.

Pero… ¿Bastará sólo esto? ¿Posición geográfica, ponchos, rezos y zambas? Evidentemente no. Y allí aparece la responsabilidad del político, del líder –si lo hay-, que deberá trazar los caminos del progreso en base a nuevas ideas y conceptos, a nuevas modalidades y formas de gerenciar la política y librar la gran batalla cultural de llevar a una sociedad desde la realidad fáctica a un mundo virtual y dinámico.

Ese cambio de mentalidad será únicamente posible a través de una reforma educativa que transforme conocimientos y creencias atávicas en nuevas experiencias académicas de orden virtual o semipresencial. Pero sobre todo, y esto es lo más grave, que cambie las currículas dando mayor dimensión al ser que al hacer. Esto es, el futuro inmediato requiere de seres pensantes y creativos antes que de sujetos programados e inertes. Para un verdadero progreso intelectual, esa nueva educación debe ser irremediablemente laica. Sería una ligereza propia de un elemental volver a llenar aulas con alumnos y docentes a quienes la vida les cambió y requieren de otras necesidades a la hora de aprender y de enseñar.

Un área gravitante en una provincia como Salta tal es el turismo, que alguna vez llegara a tener una significación universal y que hoy yace entre las víctimas propiciatorias más afectadas por este cambio. En un marco de restricciones el turismo debe explorar nuevas áreas como el turismo rural, los grupos reducidos dirigidos hacia actividades con la naturaleza, sin dejar de pensar en el turismo virtual como oferta y hasta como pasatiempo de los extranjeros.

La salud pública requiere también de pensar un plan de asistencia sanitaria pospandemia, porque las secuelas hundirán raíces profundas en el plano psicológico; esto sin dejar de pensar en el ancestral problema de las comunidades originarias que ya cursan un problema estructural: se quedaron sin monte, sin hábitat. De allí entonces que la salud que viene debe asumir un claro rasgo preventivo, imbricado en una secuencia medio ambiente-escuela-salud.

En definitiva, poner a Salta nuevamente en el epicentro regional requerirá de un acto evolutivo y racional que no todos están capacitados para comprender y menos aún para asumir.

La provincia adolece de una dirigencia cargada de principios decimonónicos y rémoras religiosas que afectan el dinamismo del intelecto que hoy debe ser esencialmente libre.

Porque la situación reclama un nuevo pacto social donde el interés común pasará por comprender y avanzar hacia una trascendencia como sociedad. Si este principio no se comprende, Salta no será más que otra partícula del gran mapa de la conducción global que ya comenzó a operarse.