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Revista Salvador

El año en el que ya no volveremos a ser los mismos

Quién hubiera pensado que, desde hace sólo siete meses a esta parte, la vida de muchos se vería trastocada por una pandemia. Nuevas formas de comunicación y relación se han impuesto, obligando al ser humano a aceitar su mecanismo de adaptación, a establecer y sostener vínculos a la distancia, porque es, para ser más preciso, el distanciamiento una de las formas de contacto social y, fundamentalmente, de prevención para reducir la propagación de este virus “maldito”.

Por Julio Frías

La cuarentena (cuatro veces diez) tiene su origen en el siglo XIV, en Italia y se adoptó como una forma de control de las pandemias de peste negra que castigaban a Europa. Consistía en hacer esperar por el período de 40 días a todos los barcos que llegaban de Asia, previos al ingreso a la ciudad. Ahora, siete siglos después (setecientos años) las formas de preservación y prevención (hasta la aparición de una vacuna) siguen siendo las mismas, lo que pone en evidencia lo frágil que es el ser humano ante un organismo tan pequeño, tan ínfimo, por más innovación tecnológica con la cual contar.

Intentemos por un instante hacer el ejercicio de imaginar aquellos tiempos de pandemia sin ninguno de los recursos con los que hoy contamos a nivel de conectividad, comunicación. Imaginemos la carencia total de tecnología. Acto seguido, preguntémonos, ¿cuánto hubiéramos resistido sin ninguno de estos recursos, durante siete meses, entre cuarentena estricta, distanciamiento y aislamiento? Difícil, pero no imposible.

Todos, desde los más pequeños a los más longevos, nos hemos visto en la tarea de poner en práctica estrategias conductuales y cognitivas, a fin de ajustarnos a la realidad que se nos presenta.

Dentro del amplio universo de palabras que pueblan nuestro idioma (más de 280 mil, de las cuales un hablante promedio utiliza entre 300 y 500), aprendimos e incorporamos algunas que no sólo pasaron a formar parte de las charlas a distancia, sino que, además, nos ayudaron a diferenciar. Sólo por mencionar algunas:

Pandemia: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Conspiranoico (neologismo): Persona obsesiva y desconfiada que ve conspiraciones por todas partes.

Aforo: Número máximo autorizado de personas que puede admitir un recinto destinado a espectáculos u otros actos públicos.

Sanitizar (anglicismo, del inglés sanitize): desinfectar/sanitizante (anglicismo, del inglés sanitizer): desinfectante.

De hecho, la Real Academia Española elaboró un listado con las palabras más buscadas en su diccionario, entre las que figuran:

Pandemia, cuarentena, confinar, resiliencia, epidemia, virus, triaje o cuidar.

Junto a estas últimas, otras tales como: asintomático, infestar, disnea, enfermedad, infectar, intubar, afectar o hipocondría, incluso mascarilla o pangolín.

Como una manera de querer contrarrestar el peso negativo que pueden provocar estas palabras en el ánimo de las personas, la RAE lanzó una iniciativa en redes sociales (twiter, Instagram o facebook), que consiste en seleccionar un listado de palabras que reconfortan, acompañadas del hashtag o etiqueta #QueLasLetrasTeAcompañen. Algunas fueron propuestas por los propios usuarios (abrazar, besar, familia) y otras poco frecuentes o conocidas, como Apapachar y Esplendente.

Una palabra que no quedó plasmada en el listado de búsqueda es “reinventar/se” que, valga la oportuna aclaración, se trata de otro neologismo y que, probablemente, por uso y costumbre, termine incorporándose al diccionario de la RAE, como ya ha sucedido con otros deshonrosos casos. Será quizá porque si hay algo a lo que nos hemos acostumbrado, como parte de ese mecanismo de adaptación sumado a la pulsión de vida, es a reiventarnos. Si tuviéramos que definir el término podríamos decir que reinventarse es esa capacidad más o menos presente en unos más que en otros de experimentar un cambio interior que lleva al sujeto a madurar y salir de su zona de confort. Se trata de vencer los miedos para atreverse a probarse a sí mismo que se es capaz de hacer algo diferente, nuevo.

Abandonar la zona de confort también implica cierta angustia ante aquello nuevo que no se sabe cómo puede resultar. Pero nada se logra, si no se intenta. Si hacemos un recuento desde hace siete meses a esta parte, es fácil distinguir que, una porcentaje importante de personas se han °reinventado°. Y hay ejemplos concretos de cambios de rubro o actividad, como quienes decidieron arriesgar un pequeño capital para iniciar alguna nueva actividad hasta entonces desconocida.

Docentes y alumnos han dejado la presencialidad para pasar a la virtualidad como forma de asegurar una continuidad educativa y académica, a través de lo que se ha dado en llamar “homeschooling” o educación en el hogar. Zoom, el programa de reuniones virtuales y videollamadas ha llegado para quedarse.

Mención aparte merece el streaming o retransmisión en directo que se puede realizar en diferido o bien en tiempo real. Este último fue y es el recurso de artistas de diversas formas de expresión artística, que han elegido como forma de reinventarse para poder no romper con aquella premisa de que “el show debe continuar”.

Familias completas, amigos, empresarios, funcionarios, empleados, jefes, profesionales independientes, cualquiera sea la generación, desde babyboomers a centenials, desde los mal llamados “inmigrantes digitales” a los “nativos digitales” (términos inventados por el conferencista norteamericano Marc Prensky, allá por el 2001), todos hemos aprendido o nos hemos habituado más de lo imaginable a la cercanía a través de la virtualidad. Hasta el más acérrimo lúdita ha debido ceder.

Nuevas formas de comunicación e interacción han asomado a la cotidianeidad, en la que la que aprendimos a saludar sin abrazo ni beso, a querer sin poner el cuerpo porque debimos entender, primero, que la distancia y la palabra son obligada la una y necesaria la otra porque ambas cuidan, preservan, salvan de alguna manera.

Aquel concepto de “Aldea global” concebido por el sociólogo canadiense Marshal McLuhan hace 60 años, hoy se experimenta como una realidad innegable. Hoy la virtualidad ha dejado de tener usuarios excluyentes. No menos cierto y real es que esta experiencia que nos toca vivir ha sacado a relucir la dualidad presente en los individuos: yin y yang; altruismo y egoísmo; perversidad y benignidad; lo apolíneo y lo dionisíaco, dualidades per se contrapuestas, pero a la vez complementarias.

Cierro esta nota y suerte de reflexión en tiempos de pandemia, con este deseo puesto en estas palabras, al que titulé “Cuando todo esto pase”.

Cuando todo esto pase

Se escucha a la gente decir:

“Cuando todo esto pase

Y al fin podamos salir…”

Cuando, al fin, la cuarentena pase,

Como una promesa pronta a cumplir,

Quedaremos desnudos y temblando

Como quien al mundo recién llega

Con el pecho y el corazón de par en par,

Al fin, volveremos a los abrazos

Y no tendremos miedo sino tiempo

Para volver a tenernos.

Y la vida no pasará tras un vidrio,

Ni medirá un metro y medio.

Y la urgencia ya no precisará barbijo

Ni precaución, porque lo urgente

Será ver la sonrisa al encontrarse.

Porque mi verdad será tu libertad

Y cuidarte mi juramento inquebrantable,

Sin después, sin letargos, sin no puedo

Porque poder será querer

Y querer será un refugio, el lugar

De besos, abrazos y te quiero                                                                                              

Y mil ojos veremos empañarse

De nietos y abuelos al mirarse,

Y reconocerse en la sonrisa,

Mientras sus mejillas se humedecen.

Y habrá perdón y gracias y te extraño,

En un apretón de manos.

De hijos y padres, de hermanos,

Serán las copas bien en alto

Del brindis en honor de la batalla

Que libraron los que están y los que partieron.  

De amantes, de locos enamorados,

Serán los “para siempre” y los “nunca”

Y los “sí quiero”, sin misas, ni atavíos, ni salones,

Bastarán sólo un par de razones, además del amor,

Con la luna de testigo y el amanecer de una promesa.                                                             

Cuando todo esto pase,

El sudor que empañó la frente

Tras el pesado yelmo con el que dieron batalla

Esos héroes, salvadores y guardianes

 Habrá valido cada gota, cada hora, cada instante.

Y hemos de volver a esos lugares

Que el tiempo mece en su crepuscular nido,

Porque entenderemos más y perdonaremos mejor,

Porque escucharemos más y hablaremos mejor,

Porque sonreiremos más y fingiremos menos,

Porque valoraremos más y extrañaremos menos.

Porque preguntaremos más y supondremos menos.

Cuando todo esto termine

Un niño asomará a la realidad

Y a la paciente luz que asoma el sol,

Dejará la espectral virtualidad.

Y la casi impertérrita distancia

que una vez nos separó,

Será la misma que a la vez nos preservó,

A la que vigías le sirvieron mañana, tarde y noche,

Sin descanso, sin reproches.

Y entenderemos el valor de extrañar,

Cuando se trata de cuidar,

Porque aprendimos que perder para ganar

Es el precio que demanda la paciencia.