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Revista Salvador

Belgrano y el Rugby

Este mes se presentaron dos libros de autores salteños, que en medio de la pandemia decidieron apurar sus producciones literarias. Para menos confusión: uno es sobre la vida de Manuel Belgrano y el otro, cuentos sobre algunos personajes de la historia del Rugby en el país, el primero de Ernesto Bisclegia, el otro de Álvaro Ulloa.

Por Estanislao Dieguez

Ernesto Bisceglia es periodista y profesor de Historia, pero principalmente un curioso de los detalles que fueron dejando los hombres a lo largo del tiempo y nuestra historia está plagado de increíbles ejemplos de heroísmo, sabiduría, traiciones y malos tragos, Manuel Belgrano fue parte de toda esa historia.

La experiencia militar, social y educativa de la Gesta Belgraniana, destaca de manera particular al hombre que dejó su bienestar económico, sus estudios académicos y la comodidad de su despacho del Consulado para vivir las angustias y desasosiegos de una vida trashumante al comando de un Ejército malogrado, carente de toda logística, pero con el cual superó los límites de la gloria. Dejó todo en beneficio de la Patria, hasta morir en la pobreza más extrema.

Ése fue Manuel Belgrano, el espíritu más lúcido del siglo XIX, quien junto a la espada empuño la pluma y marchó abriendo caminos y sembrando pueblos y escuelas y es el Belgrano que nos muestra Bisclegia en su libro.

El héroe advirtió que una nación sin Enseña es sólo un grupo de hombre y mujeres sin anclaje patriótico. Creó esa Bandera a orillas del Río Paraná y desafiando la orden de guardarla del gobierno central, la bendijo en Jujuy y le dio nacimiento en el Río Pasaje o Juramento el 13 de Febrero de 1813, llevándola a su bautismo de fuego en los Campos de Castañares, donde flameó victoriosa el 20 de Febrero de ese mismo año en la Batalla de Salta.

Abogado, periodista, fundador de escuelas y educador, el primer economista del Río de la Plata, político, diplomático, creador de la Escuela de Comercio, de Náutica, de Geometría y Dibujo, propulsor de las primeras escuelas agrícolas y primer defensor del derecho a la educación de la mujer, Belgrano adquiere el carácter de numen de la Patria, cuya vida y obra debe estudiarse en mayor profundidad en las aulas como inspirador de valores y principios del hombre y del ciudadano.

El más hermoso de los deportes

Álvaro Ulloa es abogado, periodista y durante cuatro años fue el responsable del INADI en Salta, su amor por el Rugby y las historias de inclusión que escucho en sus años de funcionarios defendiendo a gente discriminada, dio lugar a ocho cuentos, con ocho personas y cada una de ellas con ejemplos de bulling, abusos y por sobre todo, de superación.

El libro debería ser de lectura obligatoria en los colegios y clubes deportivos. “Soy espartano” es uno de los relatos.

No terminaba de caer nunca esa pelota, solo cielo había encima, nubes y lluvia, la cancha que se desacomoda, perdés referencia y sabés que esa pelota viene resbalosa, embarrada.

Las zapatillas apenas se afirman en el barro y pesan toneladas, tengo que hacerla picar para atrás, que no sea knock on, cualquier cosa menos scrum, ellos tienen al Piraña que es un pilar tremendo y nos están ganando todos los empujes.

Hace tres años jugaba futbol en la villa, en la cancha de tierra que había entre el almacén del Chino y la iglesia, el cura pedía que no gritemos en el horario de misa. Los Paraguayos jugaban por plata fuerte y cada vez que pasaban mitad de cancha se escuchaba el tamboril del Momo y los gritos alentando. Salía el cura y nos gritaba que aflojemos, pero era la música de la villa.

Desde las nueve hasta que se ponía el sol, sábado y domingo, el campeonato hervía. Empezaba con infantiles hasta el mediodía, los llevaban las madres, algunos nos dejábamos caer por ahí a media mañana porque había madres lindas, y era cosa de aplaudir al hijo en una jugada y eso te daba el entre.

Algunas se quedaban hasta la tarde, cuando nos tocaba jugar a nosotros pero ahí se empezaba a poner pierna más fuerte, algún cruce unos empujones y un referee que no iba a arriesgar un tajo por un penal mal cobrado o por ir a separar. En semifinales de ese año terminó él línea con la cabeza abierta por un botellazo y con una pelea general que hizo que se suspenda el partido y se lo de campeón a los Cuervos, el otro semifinalista ganador.

Entraron los azules y repartieron de lo lindo, cuatro detenidos hubo, dos jugadores y dos hinchas, tres heridos de cuchillo y un herido de bala, pero fue en un pie, ese no fue en la pelea, cien veces le dijimos al boludo de Lali que no lleve el fierro y el Lali insistía que lo iban a ir a buscar los de la 44 que se la tenían jurada por una merca que se había perdido. El Lali no sabía de fierros, la 38 la había levantado en una casa que vació y se la quedó. Brillaba la 38, mira es nuevita, ni un tiro tiene decía.

Los canas lo cagaron a golpes y se lo llevaron con su 38 nuevita. Tan boludo era que nunca pensó que el arma tenía dos muertos encima, era de un Rosarino que había reventado un banco, un cajero automático y cuando lo rodearon salió a los tiros.

Yo ese día zafé gracias a la Nancy, me vio meterme a boxear y me agarró del cuello y me saco. Ahí entraron los azules y empezaron a los palos, suerte que la Nancy me puso al pibe en brazos y salimos así abrazados como una pareja más.

La pelota seguía cayendo, la medí, salté y mientras la embolsaba grité ¡marc!, quien iba a pensar que con un grito los paras a todos, ojalá funcionase en la vida, venía cargando el Nahuel y ese es más bruto que nadie, la última vez que chocamos me dejo dolorido dos días. Yo mucho no grito, porque si no se agranda y te jode en el rancho, te jode en el patio, “viste que te desacomode Marquitos” te dice y la zarta de pelotudos que lo festejan, así que yo me la banco calladito y me levanto como si nada, pero esa noche no podía dormir del golpe en las costillas y a la mañana a la hora del recuento estaba doblado y con un moretón que parecía el mapa de África.

Los gritos de la hinchada festejando el marc, estos pensaban que se me iba a caer y el capi que al pasar me grita bien negro.

El referee da la orden, agarró esa pelota ovalada, apuntó al muro y la cuelgo lo más lejos que puedo, necesito aire, que se vaya lejos, que tiren el line, que la peleen los gordos porque a mí me duele el alma y los pulmones queman.

Todavía faltan diez para que termine el entrenamiento, ya hicimos físico y al Coco se le ocurrió que juguemos un partidito, veinte y veinte dijo Coco, después de dar quince vueltas al patio trotando, pique, pique, trote, respiren nos gritaba cuando caminamos, pongan las manos en la nuca y sientan como se abre el pecho, desde afuera se nos reían, el Ganzúa gritaba parecen presos y se reía, hasta a mí que estaba muerto me hizo reír, pero troté, piqué y respiré, porque lo decía el Coco.

Tiran el line y la gana el Chato, como pueden perder un line con el Chato, manga de muertos, si es tan chico que es el que metían por las ventanucos de las casas para que abra la puerta y poder entrar todos a chorear y va y le gana una pelota a Shaquille, un negro gigante que lo ponemos en el equipo sólo para el line. Que no se la den al zurdo, futbolero viejo, me va a hacer correr de punta a punta con otra patada, y ahí va que los parió, otra vez la puso en el cielo.

Lo veo al Tano que grita mía, que va a ser de él si tiene manos de porcelana, años de punga, afilando los dedos y cree que va a agarrar ese bombazo enjabonado porque grite mía, corro sabiendo el desenlace y se le cae nomas, de suerte cae para atrás y se frena en un charco que se hace en la cancha cada vez que llueve, me voy a ahogar en el charco pienso mientras me tiro de cabeza a buscarla, llego un segundo antes que Peladillo, ese chango nuevo, que llegó hace tres meses, rapado, se nota que vino de las tumbas, con más cicatrices en la cabeza que nadie y que el día que llegó dijo yo juego y se metió en el equipo, se metió solo, el Capi no lo quería porque cuando rezamos El Rosario los viernes el peladillo se duerme y al primer partido vino volado, pero Coco lo convenció que lo deje probar y fueron hablando con él y el juró que nunca más se merqueaba y no sé cómo hizo pero está sano desde ese día y es rápido como un rayo y una fibra el Peladillo y se me viene y anticipo el golpe, me encojo y pasa por arriba mío. Se tiran tres, cuatro a disputar, me agarro con los dientes de esa pelota, que me cobren penal pero yo no la suelto y siento que me ahogo en el barro y el referee no pita y cuando pienso que no puedo más, con tres monos arriba que aplastan mi cabeza contra el barro siento el pito parando la jugada.

“Viejo cobrá antes que casi me ahogo”,  le gritó al levantarme último y viene el referí y lo llama al Capi y este, condenado a veinte años por un muerto en robo, líder del pabellón, casi cien kilos de músculo se para al lado con las manos en la espalda, baja la cabeza y escucha al referee decirle que en el partido no se habla y que la próxima me voy a las duchas. Y el Capi viene tranquilo y en voz bien bajita me dice Negro, “volves hablar y te rompo entero”, y sé que no es joda.

Dieron penal nomas y encima diez yardas más por mi grito.

El entrenamiento que termina y el Coco que nos dice que estiremos, que nos duchemos, comamos bien, que dentro de dos semanas tenemos partido contra el pabellón dieciséis, que estos vienen punteros y que tenemos que estar bien descansados para jugarlo.

Los guardias nos acompañan hasta las duchas comentando las jugadas, lo palmean al Piraña al pasar y se ríen del Tano por la pelota que perdió, conmigo no hablan mucho, saben que sigo caliente por el partido perdido por más que sea entrenamiento y que hasta que no me duche y coma mejor no hablarme porque voy a contestar una boludez y se arma.

El Capi me palmea la espalda, con él hay un respeto enorme, fue él que me recibió cuando entre a Marcos Paz, el que me habló el primer día y me dijo que tenga claro que acá no se jode, que en la calle yo podía ser muy canchero pero que acá era un preso más, que el respeto era importante, que no me haga el vivo y que no busque roña porque termina mal la cosa dijo.

Me pase el primer mes solo, sin meterme con nadie, la Nancy me traía alguna plata para cigarros y las noticias de mi abogado, que el juez que me había tocado era un tipo jodido, que ya tenía antecedentes y que el auto que me había choreado era de un capanga de Independiente que conocía gente de la justicia.

De boludo, si yo esa noche me iba a quedar en la villa, teníamos un festejo del cura por los pibes que habían tomado la comunión a la mañana y me quedaba tranquilo, vino Mareco un rato antes del festejo y me pidió que lo acompañe, que era un ratito nomas, un auto que estaba parado hace tres días detrás de una plaza de Avellaneda y que yo solo iba de campana por las dudas, que me iba a dar unos pesos que me venían bien para terminar de pagar el terreno de la Nancy y pagarle al Turco la deuda de unos porros.

La cosa se complicó como todo lo que hacía el Mareco, nunca vio que había cámaras, si están todas rotas decía el Mareco, son carcazas nomas, a las tres cuadras nos cruzó un patrullero y yo de acompañante, tranquilo Mareco le dije, nos bajemos tranquilos y va el boludo y acelera esquivando la patrulla, a las diez cuadras nos habíamos puesto el Citroen de sombrero y teníamos diez policías apuntándonos con la reglamentaria.

Dos noches en la comisaría porque era sábado y el lunes en tribunales, revisaron las fichas y yo tenía dos caídas por robo, adentro, de seis a nueve años mínimo.

Entrar a un penal de alta seguridad no es joda, no importa cómo seas de pesado afuera y yo no lo era, sabes que adentro hay gente con más de un muerto encima, tipos jugados y otros arruinados, gente que le esperan veinte años, gente que ya cayo tres cuatro veces y que no le importa nada, droga, un mundo clandestino del cual no conoces los códigos, no tenés amigos, los guardias viven encerrados como vos, con las mismas angustias y las mismas tensiones. Caer con veintidós años es más difícil, no sabés a quién hablarle o quien te puede cruzar por hablar de más.

Mi abogado se despidió con pocas palabras, tranquilo, bajá la cabeza y en unos años te saco. Nancy lloro un poco, y casi me hace llorar y después me gritó para volver a empezar a llorar.

Entras y hay gritos, te sacan la ropa y te revisan, te hacen duchar y te convertís en un número, nadie te explica las reglas, seguís a un guardia que camina rápido, se abren y cierran puertas y frenas delante de una celda que te dicen que es la tuya, tres por dos con dos camas, dos estantes y otro preso.

Entrás y se cierran las rejas nuevamente y sentís que te vas a volver loco, que no es tu lugar, que estás indefenso en un mundo terrible.

El Capi fue el que me ubico en ese mundo, esa charla en el primer patio me enseñó las reglas primarias, con esas tenía que sobrevivir y después buscaría mi espacio.

Tarde un tiempo en encontrar mi lugar, pero en esos cuatro meses no tuve más de un cruce del cual supe salir bien parado, a los tres meses empecé a jugar al futbol en el patio, había una cancha, más piedra que tierra, mal marcada, los límites los ponían los espectadores que a veces se metían en la cancha y te quedabas sin espacio, me acomodé como puntero, yo soy rápido y le pegaba fuerte, en esa cancha no podías gambetear a nadie, si picaba más que en adoquín, jugué bastante hasta que me crucé con uno de los apostadores que había puesto plata por el contrario y no le gustó mi gol.

Diez días en castigo y al salir me dijeron que no jugaba más, que ellos no querían problemas con el Ruso, que si yo no entendía que cuando el Ruso gritaba gol era gol por más que se hubiera ido tres metros afuera mejor no juegue.

Los siguientes dos meses vi los partidos desde afuera hasta que me volvió a encarar el Capi. ¿No jugás? Me dijo, te vi rápido y guapo en la cancha. Yo lo miraba, sabía que el Capi estaba enterado, si sabía todo lo que pasaba adentro. Se sentó al lado mío y me ofreció un cigarro, el de él bailaba apagado en la boca, te ofrezco jugar con nosotros, rugby me dijo, ahí no se mete el Ruso ni nadie, yo los había visto juntarse a un grupo grande, como de cuarenta o más, trotar alrededor de la cancha, juntarse y escuchar a un canoso que venía martes y jueves, se ponía los cortos y ordenaba y veía cuarenta tipos hacer flexiones, trotar, pasarse una pelota ovalada de mano a mano y todos callados, respetuosos, se golpeaban, se tacleaban y ni una puteada ni una pelea, nada, parecían monaguillos, se levantaban y seguían corriendo. Hombres grandes, tatuados más de uno con esos tatuajes carcelarios que en el ambiente dicen mucho recibir un choque que los desparramaba por el barro y seguir concentrados en el juego calladitos.

Entrenamos martes y jueves, rezamos El Rosario los viernes y a veces jugamos el sábado, y si “queres ser parte del equipo este es el último cigarro que fumas y ni una línea de merca porque quedas afuera”.

Pertenencia, esa es la palabra clave en la cárcel, pertenecer a un grupo es la diferencia de salir vivo o correr el riesgo de quedar en el camino.

Me dejó pensar unos segundos y me estiró la mano y eso me decidió, la mano del Capi es un pacto, es la palabra.

El sábado tenemos partido, nos llevan a una cancha de verdad en Villa de Mayo, con botines Adidas, una cancha de pasto, mojadita, sin muros, va a haber más policías que nunca me dijeron pero puede ir la Nancy con el pibe a verme, vamos a jugar contra un equipo de amigos de Coco, nuestro creador, nuestro entrenador, nuestro amigo, ya hace siete meses que dejé el faso y nunca más una raya, conozco El Rosario mejor que los curas, estoy terminando la primaria y si puedo el año que viene empiezo la secundaria y tengo una camiseta que dice Espartano, La quince. Me dijeron que la cancha se llama Berny Miguens, que fue un Puma, que jugaba de fullback como yo con La quince en la espalda y que si estuviera vivo jugaría ese partido.